Cada año se repiten esas historias de inmensa devoción, de sacrificios, donde el cuerpo es exigido con el solo pretexto de llegar bajo la cruz y dar gracias (o peticionar algo) al Señor de la Buena Muerte.

No son pocos los que rompen en llanto cuando logran el objetivo. Otros en cambio, se abrazan a la cruz rogando por un trabajo, una gracia, la salud de un enfermo.
Las escenas en este tiempo pueden llegar a ser duras, plagadas de dolores físicos y pies con ampollas. Pero no importa. De una forma u otra, en el altar mayor se eleva la figura inmaculada del Señor de la Buena Muerte. Y allí muchos se sienten satisfechos por el deber cumplido.



Eso es Reducción. Más de 300 años de historia ligados a la fe.
Fotos: Bibiana Moreira


