- Aquel 20 de junio, en que La Consolata devolvió la vista a un peregrino impedido de su visión.
Tras una misa celebrada por el señor obispo a la que vi por la tele en días de pandemia, me puse analizar el texto del evangelio (según San Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38) donde vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.
“…entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».
Él fue, se lavó, y volvió con vista”.
Este párrafo me trajo a la memoria un hecho vivido un 20 de junio en Sampacho hace unos cuantos años atrás y donde fuimos testigos los miembros de la Pro-Templo y el párroco de entonces, de uno de los milagros más dulces de La Consolata.
Un peregrino casi ciego que venía de lejos, debía contar con ayuda para movilizarse. Nos pidió permiso para cargar sobre sus hombros las andas en las que se lleva a la gran imagen de nada menos que 1.232 kilos. De allí que se necesitan 28 fornidos hombres para transportarla (además que este es un ritual de más de un siglo que nunca hay que perder). Volviendo a la anécdota del peregrino, los miembros de la Pro-Templo dudamos unos instantes pero a la vez accedimos de inmediato aún a pesar de la severa dificultad visual que presentaba. No obstante le dijimos que sí y en uno de los tramos de la procesión la pudo llevar un par de cuadras. Cuando la imagen iba retornando, los “compañeros de palo” (así se dicen entre los hombres que la llevan), le permitieron una vez más tener sobre el hombro la carga más dulce que un sampachense o un peregrino puede llevar.
Después de la Misa del Peregrino celebraba por el obispo en ese tiempo Eduardo Eliseo Martín, se ingresa la imagen, se cierran las puertas y allí los hombres tras el esfuerzo se reponen y se brindan un abrazo masivo mientras rezan en la intimidad y el silencio.
Fue cuando el peregrino casi ciego que tuvo el honor a llevarla a mamá Consolata sobre sus hombros, rompió a llorar desconsoladamente. Uno de los compañeros de la Pro-Templo se acercó para preguntarle si se sentía bien. No hubo respuesta. El hombre sollozaba pero a la vez con ojos vidriosos no dejaba de girar su cabeza a la bella imagen.
“Señor ¿quiere que llamemos un médico?…¿Está usted bien?” se le preguntó.
“Si estoy bien?”. Estoy feliz…expresó entre sollozos, pero no de tristeza sino de alegría. Es que…¡acabo de recuperar la visión de mis ojos!…”
El presente episodio quedó documentado en un libro de gracias de los milagros de la Virgen patrona de mi pueblo. Es la primera vez que lo cuento por esta vìa. No obstante en tiempos de incertidumbre como los que hoy vivimos, de encierros y amenazas de muerte invisibles, sabemos que Dios nunca nos suelta la mano. Y mucho más si su Madre intercede para nuestra protección.
Texto homenaje verídico en el marco de las Fiestas Patronales de La Consolata
Sampacho junio de 2026

(Mingo Amaya).

