
Mientras intenta amortiguar las vicisitudes del tiempo, resolver las encrucijadas de los precios internacionales de las commodities, absorver los sobrecostos por la guerra desatada hace un mes en Medio Oriente, y llevar adelante la pesada carga tributaria que lo castiga desde hace décadas, ahora el productor agropecuario se enfrenta a un nuevo contratiempo por el conflicto del transporte de cargas que le impide trabajar libremente en un momento crucial de la campaña como es la cosecha gruesa. Con los cultivos listos para empezar la trilla y el sol que finalmente salió, los tiempos empiezan a correr y cada día perdido es un costo adicional para una ecuación que ya no tolera más resignaciones. Mientras los transportistas sostienen sus reclamos en las rutas, los productores siguen adelante en los lotes levantando los granos y esperando una resolución urgente para poder llevarlos al acopio o los puertos.
Sin embargo, y aunque representa un costo fundamental del negocio agrícola, no es el productor genuino el que puede interferir y resolver el conflicto. Ese productor es el que hoy observa y espera desde el lote que haya un rápido entendimiento en un contexto que no le es favorable. Está nuevamente cautivo de un conflicto ajeno, aun entendiendo las necesidades de otros integrantes de la cadena como son los transportistas que también están a las puertas del momento de mayor actividad; y sin desconocer las dificultades que también atraviesan para sostenerse en su actividad.
Todos los integrantes de esa cadena conocen lo que les ocurre a los demás y sabe a quien se perjudica y quién tiene la llave para resolver una situación de este tipo.
Pero esta encrucijada no es nueva ni original en el momento en que se da. Se sabe, que ante cada inicio de cosecha hay tensiones de estas características con el productor en el medio. Por eso siempre se persigue la idea de que en un país libre, con economía libre, debe existir libertad de contratación plena, como en muchos otros servicios. Que cada una de las partes busque su mejor opción y no que se intenten fijar condiciones y valores desde un lugar sin tener en cuenta las múltiples situaciones que se pueden encontrar entre miles de productores de granos. El libre mercado y la libre competencia es claramente un esquema mucho más virtuoso, sin intermediaciones de falsos árbitros que luego no son parte de la operatoria diaria que deben enfrentar productores y transportistas. Por eso se propicia un acuerdo entre partes que se necesitan mutuamente.
Desde hace tiempo que algunas entidades ruralistas vienen sosteniendo esta necesidad de no continuar bajo un esquema rígido que luego muchos deciden no cumplir, especialmente cuando la escala es mayor y está alejada de lo que vive el productor agrícola promedio. Para muchos, termina convirtiéndose en una ficción condicionante.
Por eso, desde la Rural de Río Cuarto se seguirá apostando al diálogo fecundo con el que la entidad se viene relacionando con los transportistas de la región, con los que desde hace un tiempo hay un entendimiento y un trabajo conjunto. Intentaremos continuar por ese sendero mientras seguimos proponiendo un nuevo esquema entre productores y transportistas en el que prime un acuerdo entre partes que busque el beneficio mutuo, sin burocracia en el medio, más ágil y dinámico, y con el marco de un libre mercado que brinde los beneficios y las obligaciones para ambos actores.
Informe: Sociedad Rural Río Cuarto
