En la actualidad, las plataformas digitales suelen presentarse como sinónimo de
innovación y progreso. Sin embargo, en muchos casos, lejos de impulsar nuevas for
de trabajo con mayores garantías, operan en los márgenes de las normativas laborales
vigentes, aprovechando vacíos legales y zonas grises regulatorias bajo el amparo de una
marca o un logotipo tecnológico. Esta situación plantea importantes desafíos para la
protección de los derechos laborales y exige repensar el papel de la regulación frente a
las transformaciones del mundo del trabajo.
La Inteligencia Artificial – IA- debería ser una herramienta al servicio de los pueblos, no
un mecanismo de concentración de poder, como lo establece el documento publicado
por el Vaticano Antiqua Et Nova (2025). La misma debe estar al servicio de un mejor
potencial humano y de sus aspiraciones, no en competencia con ello.
Hoy, una enorme cantidad de trabajadores y trabajadoras del mundo, ven que los
sistemas automatizados son los que deciden horarios de trabajo, permanencia en sus
empleos y hasta sus remuneraciones.
A pesar de ello, no se rechaza la tecnología, todo lo contrario, es de gran utilidad, y
resulta inevitable incluirla en la vida cotidiana y laboral, pero sí se rechaza en tanto se
considere al trabajo como mercancía, porque ninguna maquina puede sustituir
plenamente la capacidad moral y la libertad de la persona humana.
Los algoritmos no son neutrales, reflejan las decisiones, valores y criterios de quienes
los diseñan. Si aspiramos a construir una sociedad más justa, es fundamental garantizar
la equidad en el desarrollo y uso de las nuevas tecnologías. No podemos permitir que
los algoritmos determinen quién trabaja, cómo trabaja o cuáles serán sus horarios sin
una adecuada supervisión humana.
Al mismo tiempo, la expansión de las plataformas digitales ha profundizado fenómenos
como la informalidad laboral, caracterizada por la ausencia de contratos de trabajo, la
falta de protección social y la vulneración de derechos fundamentales. Esta realidad
genera incertidumbre e inestabilidad para miles de trabajadores y trabajadoras.
En otras palabras, los trabajos de plataforma suelen estar asociados a procesos de
precarización laboral que, bajo la promesa de más libertad y más ingresos, muchas veces
esconden condiciones de trabajo desfavorables. Por ello, es imprescindible impulsar
regulaciones y políticas que garanticen que la tecnología esté al servicio de las personas,
promoviendo oportunidades sin reproducir ni profundizar desigualdades.
En el presente las plataformas utilizan sistemas para supervisar el comportamiento de
los trabajadores, vigilancia y control de riesgos, desalentando así la acción colectiva,
analizan los sistemas de comunicación entre trabajadores, quien habla con quien,
activando una señal de alarma hacia la dirección u oficina de recursos humanos.
Se utiliza la tecnología para vigilar controlar, coartando el derecho de los trabajadores a
organizarse, obstaculizando de esta forma toda acción sindical. Esto deja de ser
modernización y se convierte en un mecanismo para cercenar derechos y principios
establecidos en la Constitución Nacional, en la legislación laboral, en Convenios
Internacionales y en los Convenios Colectivos de Trabajo.
En otros casos los sistemas automatizados intensifican los riesgos dado que imponen
ritmos de trabajo irrazonables, mayor exigencia y esfuerzo, provocando consecuencias
psicológicas, estrés, ansiedad, agotamiento y otros de similares intensidades. Ante ello
la participación sindical y la negociación colectiva son fundamentales para garantizar la
dignidad de los trabajadores, el trabajo decente y el crecimiento sostenible.
La falta de transparencia en los sistemas automatizados genera incertidumbre y afecta
la dignidad de las personas trabajadoras. En muchos casos, quienes realizan tareas a
través de plataformas digitales no saben con exactitud cuánto percibirán por su trabajo,
por qué se les asignan determinadas tareas o por qué otras les son retiradas. Esta
opacidad alimenta un estado permanente de ansiedad, marcado por el temor a ser
desactivados o excluidos de la plataforma sin explicaciones claras.
Recordemos que muchos sistemas de inteligencia artificial funcionan como verdaderas
“cajas negras” dado que sus procesos de decisión no siempre son visibles ni
comprensibles para quienes se ven afectados por ellos. Esta situación dificulta el control,
la rendición de cuentas y la posibilidad de reclamar ante decisiones injustas.
Por ello, es fundamental impedir que los sistemas automatizados operen sin límites ni
regulaciones adecuadas. No podemos naturalizar escenarios de inseguridad laboral,
desprotección, competencia desleal y pérdida de derechos que fueron conquistados tras
años de lucha colectiva. La inteligencia artificial avanza a gran velocidad y trae consigo
transformaciones profundas que impactan en aspectos esenciales de la vida humana
como en la forma de pensar, de comunicarnos, de aprender, de relacionarnos y de
ejercer nuestra capacidad de discernimiento.
Frente a estos desafíos, resulta indispensable promover un desarrollo tecnológico
centrado en las personas, basado en la transparencia, la justicia social y el respeto
irrestricto de los derechos humanos y laborales. Porque cuando las decisiones que
afectan nuestra vida, nuestro trabajo y nuestros derechos quedan ocultas detrás de
algoritmos que no comprendemos ni podemos cuestionar, corremos el riesgo de perder
nuestra capacidad de decidir y transformar la realidad.
NO DEJEMOS QUE NOS ROBEN LA REALIDAD. La tecnología debe estar al servicio de las
personas, y no las personas al servicio de la tecnología.
Edgardo Meneghello
Presidente

