En un tiempo, se escuchaba entre los jóvenes de Justo Daract: ¿Vamos al Zonda esta noche? y así, durante décadas, ir a la estación a ver pasar el tren fue una de las ceremonias más entrañables y concurridas de las familias y sobre todo de la juventud daractense.
En una época en que la vida cotidiana transcurría a un ritmo calmo y previsible, la llegada del tren nocturno El Zonda quebraba la monotonía y traía un aire de dinamismo, glamour y misterio, y la estación de ferrocarril era el lugar protagonista donde ocurrían los hechos.
El tren El Zonda era un servicio de transporte de pasajeros que unía Retiro, en Buenos Aires con la ciudad de Mendoza y San Juan, y era justamente en su regreso desde Mendoza a Retiro, en su tránsito nocturno por Justo Daract, cuando la estación se convertía en lugar de sociabilidad.
Más que un entretenimiento
El paso del tren no solo era visto como transporte de pasajeros, sino como una forma particular de entretenimiento que reunía todo lo necesario para la distracción: el silbato que a lo lejos anunciaba su aproximación varios minutos antes, el retumbar de las vías, el olor característico del vapor o del diésel y la grasa de los rieles, la luz enceguecedora de la locomotora, el chirriar de los frenos al detenerse y los gritos de los guardas, además de la posibilidad de ver bajar o subir pasajeros, adivinar de dónde venían, enterarse quién se iba y quién llegaba, fascinarse con las luces encendidas de los vagones y las ventanillas empañadas del coche comedor; todo eso generaba una ilusión de viaje y modernidad. También estaba la oportunidad de conocer personas venidas de otras ciudades, encontrarse con amigos, conversar, mirar y ser mirado, en fin, una serie de cosas entretenidas que en la actualidad fueron reemplazadas y sería dificultoso comprenderlas.
Cruzando miradas
Apenas se pisaba la estación del Ferrocarril, el paseo consistía en caminar de punta a punta del andén, ida y vuelta, en forma repetida hasta que se fuera el tren, en grupos de amigos o amigas, entre el gentío y la iluminación cálida de los faroles, cruzando miradas, sonrisas ruidosas e intercambiando ilusiones y alguna que otra conversación de noviazgo.
Cuando la formación retomaba su marcha y sus luces rojas traseras se perdían en la oscuridad de la vía, el andén repleto de gente comenzaba a descongestionarse lentamente y regresaban a sus casas o continuaban la vuelta al perro en la plaza principal, guardando en la memoria esa noche y en espera del siguiente paso de El Zonda.
Quizás muchos lectores seguramente fueron a ver El Zonda. Y una catarata de nostalgias seguramente van a aflorar.
Fuente de la información
Gentileza El Daractense (Justo Daract)

